Zinea eta giza eskubideen iv. Topaketak.

RECONCILIACIÓN

Sólo algunas guerras llegan a convertirse en noticias tratadas con amplitud por los medios de comunicación y en asunto de debate en la opinión pública, mientras la mayor parte de los conflictos armados apenas recibe alguna atención. En ocasiones esos conflictos derivan en auténticos genocidios, en los que la comunidad internacional interviene demasiado tarde. Ruanda o Sudán son trágicos ejemplos de esta tardanza y desinterés.

La guerra agudiza la miseria y lastra del modo más cruel a los países afectados por ella, que no pocas veces son regiones en vías de desarrollo en los que guerra y pobreza forman un círculo vicioso devastador.

La guerra es también la situación en que se producen más y más graves vulneraciones de los derechos humanos: asesinatos, mutilaciones, desapariciones, desplazados, violaciones, uso de niños y niñas como soldados… En la guerra el otro u otra se convierte en enemigo, se cosifica, y se le arrebata su humanidad.

En la actualidad hay aún más de treinta conflictos armados en el mundo, la mayor parte de ellos en África, y apenas merecen de vez en cuando poco más que un breve apunte informativo. La comunidad internacional debe trabajar con más energía y medios a favor del cese de estos conflictos y redoblar sus esfuerzos para impulsar procesos de paz en que las partes contendientes puedan reconducir sus diferencias por cauces no violentos, y a ser posible resolverlos de un modo duradero.

Como las minas sembradas durante la guerra, son muchas las secuelas que permanecen en el tiempo cuando un conflicto ha terminado, pero quizá la peor y más difícil de superar es el odio acumulado a lo largo de años, que amenaza con perpetuar el enfrentamiento en las generaciones futuras. La tarea más importante y más difícil tras la guerra es, por tanto, la reconciliación. Significa esta no sólo la superación de las heridas abiertas durante el conflicto, sino incluso de los motivos que llevaron al mismo: se trata de construir un futuro en el que la deriva que llevó a la confrontación no sea ya posible. Para ello es imprescindible el reconocimiento y la reparación del dolor causado a las víctimas, y el compromiso colectivo de asumir vías de debate y marcos de convivencia que no vulneren los derechos del “oponente”. En realidad, la consecuencia última de una verdadera reconciliación es dejar de ver al otro u otra como enemigo/a: se trata, en fin, de verlos como un conciudadano o conciudadana asistidos por un marco común de derechos y responsabilidades.

Desde comienzos de los años noventa del siglo XX, el número de conflictos armados ha ido disminuyendo. Esto ha traído consigo la apertura de muchos procesos de paz, cuya etapa última sería, idealmente, la reconciliación. Según datos de la Escuela de Cultura de Paz, 2006 terminó con más de treinta negociaciones de paz en marcha.

Resolver un conflicto es una tarea ardua que requiere un esfuerzo continuado durante un largo periodo de tiempo. También es necesario un alto grado de compromiso político para superar las muchas dificultades de un proceso siempre complejo. La desconfianza entre las partes, las rupturas del alto el fuego o las diferencias sobre lo que debe discutirse son algunos de los obstáculos a los que debe enfrentarse la resolución de un conflicto. De la treintena de conflictos que actualmente se hallan encauzados en un proceso de pacificación, la mitad ha necesitado entre uno y diez años para comenzar estas negociaciones, y la otra mitad más de dieciséis.

Pero el camino de la reconciliación, por su parte, es en último término el más largo y complicado, e imposible de acometer sin la implicación de la propia comunidad afectada. A impulsar esa tarea deben dirigirse todos los esfuerzos institucionales y de la sociedad civil.