Información: ¿Derecho o mercancía?

La revolución digital venida de la mano de las nuevas tecnologías ha propiciado la multiplicación de medios informativos, la creciente exigencia de inmediatez informativa, pero, sobre todo, el tratamiento de la información como mercancía cuya venta y distribución puede reportar grandes beneficios.

Hoy los medios de comunicación ocupan nuevos centros de poder, sus directivos son hombres y mujeres de negocios y los servicios informativos cotizan en bolsa. Las figuras comprometidas, que ejercen el periodismo por vocación y con nombre propio, resultan cada vez más escasas en un contexto en el que las informaciones mostradas están más condicionadas por lo conveniente o rentable que resulten. Su valor se mide en audiencias. Así, la información, supuestamente, carece de valor si no es susceptible de interesar al público. Se busca mostrar lo que impacta y no lo que realmente importa, con una clara tendencia al info-entretenimiento.

Ante este panorama, los/as profesionales del periodismo juegan un papel importante. Sus voces de alarma tienen peso y fuerza para hacerse eco públicamente de la urgencia de recuperar el sentido crítico de los medios de comunicación y de exigir que los informativos sean rigurosos. En este sentido, reclaman que el objetivo principal sea la excelencia informativa como servicio a la sociedad y no el puro negocio, ya que la información, tal como argumentan, es algo demasiado frágil e importante para ser tratada exclusivamente según las leyes del mercado.

Paradójicamente, a pesar de existir cada vez más canales informativos, hoy dos grandes ojos, dos grandes agencias internacionales de noticias, son las que marcan cuáles son los conflictos importantes y cómo se ha de informar sobre ellos. También los/as periodistas vienen advirtiendo sobre este fenómeno que está abocando a “la mirada única” la creciente cantidad de información que se difunde en el ámbito internacional, dejando que se pierda la multiplicidad de miradas que aportan los reporteros/as de distintos medios.

También las técnicas de comunicación, sobre todo de la telefonía móvil y del correo electrónico, han supuesto un cambio radical para los/as enviados/as en las maneras de trabajar y de relacionarse con las redacciones. Antes un/a reportero/a de guerra tenía ocasiones puntuales para comunicarse con la central y, mientras tanto, disponía de un margen de libertad para desarrollar su trabajo, de tiempo para buscar la información, descubrirla, seleccionarla, elaborarla y contrastarla. Hoy los/as jefes de redacción disponen de fuentes suficientes para seguir desde la central el desarrollo de los acontecimientos bélicos que el/la reportero/a en algunos casos se limita a confirmar en el lugar de los hechos. Así, la presencia de los medios televisivos en las guerras respondería menos a una búsqueda de información veraz y comprometida y más a la presencia publicitaria de sus corresponsales en estos conflictos bélicos, tal como denuncian ellos/as mismos/as. La creciente exigencia de sucesivas conexiones en directo durante los informativos no dejan a los/as corresponsales margen de tiempo en el día para hacer otra cosa, según argumentan.

La profesión del reporterismo de guerra ha vivido un antes y después marcado por la Guerra de Vietnam. Según Philip Knightley, historiador especializado en corresponsales de guerra, co-autor del libro Los ojos de la guerra, en Vietnam “el Ejército de los Estados Unidos aceptó a los reporteros/as y les proporcionó completa colaboración. Libres de censura, podían moverse con libertad, informaban de la verdad tal y como la veían pero, según el Ejército estadounidense, por eso precisamente se perdió la guerra”. Este sería el primer conflicto bélico en la historia moderna cuyo resultado no se decidió en el campo de batalla sino en los medios escritos y de televisión. A partir de este suceso el Pentágono decidiría controlar y marcar a los medios qué pueden contar.

El progresivo abandono del reporterismo de guerra es un riesgo para toda la humanidad. Periodistas y reporteros/as sienten el compromiso de compartir su preocupación ante la flaqueza de esta profesión “tras una larga batalla de más de 150 años que” –según Philip Knightley– “se viene librando con los ejércitos, los gobiernos y sus asesores”. Resulta imprescindible salvaguardar una profesión que permite “dar voz a los que no tienen voz”, arrojar luz sobre las guerras que podrían quedar invisibilizadas, y tratar de evitar así el riesgo de que la sociedad se desentienda de todos ellas. Conscientes de sus limitaciones para solucionar los males y problemas del mundo, los/as reporteros/as todavía se aferran a su compromiso para poner los conflictos en evidencia y provocar un pensamiento crítico sobre su existencia, con el deseo de generar conciencia activa para la transformación.

Hay una frase de Martha Gelhorn, mujer de Ernest Hemingway, que justifica la importancia de todas estas aportaciones: “Yo tiro piedras sobre un estanque. No sé qué efecto tienen las piedras en el estanque, pero yo al menos tiro piedras”.

Fuentes: Los ojos de la guerra, artículos de Ryszard Kapuscinski y Philip Knightley, los testimonios del propio documental.

Film: Los ojos de la guerra

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