Facebook, ¿me gusta?

Mucha gente se pregunta qué hace que un servicio tan completo y actualizado como es la red social Facebook no reporte coste alguno para quienes lo usan. Al registrarse, las personas insertan su nombre, apellidos, dicen cuáles son sus familiares, sus amistades más cercanas, su estado sentimental, lo que les gusta... Sin saber, en la mayoría de los casos, que, al darse de alta, se otorga a Facebook la propiedad exclusiva y perpetua de toda la información e imágenes que se publican. Y que, además, renuncian a su derecho a la intimidad y a la privacidad.

Facebook es un laboratorio sociológico que no trabaja sobre muestras porcentuales, sino que procesa los datos de las 1.500 millones de personas inscritas. Detrás hay todo un equipo humano y algoritmos matemáticos muy complejos intentando predecir, en base a patrones lógicos, el comportamiento de las personas.

El acceso a esta big data, pero sobre todo su capacidad para procesarla y comerciar con ella, otorgan a Facebook un poder más allá de muchos estados soberanos y supone una fuente de ingresos –3.690 millones de dólares en 2015– por el momento inagotable. Cabría preguntarse, entonces, hasta qué punto es legal o es legítima esta forma de proceder.

Si bien es cierto que las personas ceden voluntariamente su información, en general lo hacen con una gran inocencia o ingenuidad. Desconocen, mayormente, que no son ellas las clientes de la red social, sino el producto con el que Facebook provee a sus verdaderas clientas, las empresas.

Facebook tiene la capacidad de generar y propiciar corrientes de pensamiento, y podría influenciar en la toma de decisiones políticas y estratégicas de empresas y países. De hecho, se sospecha que lo hace. Pero, por el momento, su mayor fuente de ingresos es la publicidad. Una publicidad dirigida a perfiles y segmentos de población escogidos en función de sus gustos, sus aficiones y sus costumbres. De esta manera, la inversión en propaganda de las empresas se dirige específicamente a su grupo objetivo y les resulta infinitamente más rentable.

Facebook, como otras grandes compañías tecnológicas, tiene su sede internacional en Irlanda, donde se aprovecha de un escaso nivel impositivo y de una regulación bastante laxa. De cualquier manera, o se desarrolla una normativa global eficaz y con capacidad de coerción o, sea cual sea el país en el que Facebook se instale, se va a escabullir de su regulación, ya que sus ritmos y sus maneras de proceder van mucho más allá de los límites y condicionamientos territoriales de cualquier estado-nación. Estamos hablando, por tanto, de una potencia transnacional, cuyo territorio es una red cibernética que se extiende por el mundo entero.

Cabe mencionar como ejemplo que la directiva europea de protección de datos es del año 1995 –tiempos en los que prácticamente no existía Internet– y que, mientras los estados miembros no se ponen de acuerdo para actualizarla, es el Tribunal de Justicia de la Unión Europea la única institución comunitaria que está dando pasos para defender, aunque sea de manera limitada, la privacidad en la red.

Queda, en última instancia, bajo la responsabilidad de cada persona decidir y disponer qué información comparte y qué se reserva para su intimidad. Cabría también preguntarse si no estamos viviendo en una época de narcisismo excesivo, en la que la realidad nos resulta insulsa si no es publicada y amplificada en las redes sociales.

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