Zinea eta giza eskubideen iv. Topaketak.

DICTADURA Y REPRESIÓN

Dictadura y represión son indisociables, hasta el punto de constituir las dos caras de una misma moneda. No hay dictadura que no ejerza la represión para intentar perpetuar su poder absoluto. Eliminar la libertad, la pluralidad y todos los mecanismos (políticos, sindicales, de expresión) en los que puede expresarse la ciudadanía es la prioridad de los regímenes dictatoriales de cualquier cuño. La represión, en definitiva, es la propia condición de supervivencia de las dictaduras, que se presentan a sí mismas como garantes de un bien común que en sus manos ni es bien ni es común, sino la violencia ejercida por una minoría que trata de imponer sus intereses e ideología al conjunto de la sociedad.

El siglo XX asistió a una triste proliferación de dictaduras de variado signo, unidas todas, no obstante, por el rechazo de la democracia. Resulta de todos modos una paradoja que hayan sido los países gobernados en democracia los que en muchas ocasiones han propiciado dictaduras en diferentes lugares del mundo con el fin de proteger sus intereses económicos y geoestratégicos.

Impulsadas o no por la injerencia de terceros países, las dictaduras están regidas por una oligarquía privilegiada que se alía con sectores antidemocráticos del ejército o con paramilitares para preservar por medio de la violencia el régimen dictatorial, instituido muchas veces con un golpe militar o con la conquista violenta del poder. En la vida cotidiana los diversos cuerpos policiales, al servicio de la dictadura, llevan a cabo una implacable aplicación del terror. La persecución, encarcelamiento y asesinato de las personas disidentes busca eliminar cualquier oposición al régimen y disuadir a quienes pretenden derrocarlo.

Una de las formas más aberrantes de la violencia represiva es la tortura, es decir, la aplicación sistemática y meditada del sufrimiento a las personas. Es quizá la mayor abyección de que es capaz el ser humano, su acto más perverso. Además, nunca se trata de un acto gratuito (más allá del sadismo de los torturadores), pues infligir a las personas un dolor y una humillación insoportables pretende doblegarlas como seres humanos y como ciudadanos y ciudadanas libres: su anulación completa, su muerte en vida.

Muchas de las dictaduras que alumbró el siglo XX han sido derribadas gracias al valor y la entrega de quienes se atrevieron a combatirlas. Hoy es un deber ineludible de las sociedades democráticas la reparación y el homenaje de todas aquellas personas que sufrieron la persecución, la tortura y hasta la muerte. Como lo es también la condena unánime, y el procesamiento penal, si es posible aún, de quienes causaron tanto dolor. Ninguna sociedad puede permitirse olvidar a las mujeres y los hombres inocentes ni dejar impune la barbarie.