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Enfermedad, dependencia e incidencia en la famila

La muerte no llega con la vejez, sino con el olvido. Gabriel García Márquez
  • ¿Quién soy, mamá?
  • Eres de los míos.
  • ¿Y cómo me llamo?
  • No me acuerdo.
Se le apaga de nuevo su tenue luz, y retorna a su mundo de confusión. (Pedro Serrano Martínez)

En los años 70 el Alzheimer no aparecía en los libros de medicina. Incluso los especialistas en neurología desconocían la enfermedad. Esta patología fue descrita por primera vez por el médico alemán Alois Alzheimer en 1906. Se la diagnóstico a una mujer de 51 años que ingresó en el hospital a causa de un cuadro clínico caracterizado por una rápida pérdida de memoria, alucinaciones, desorientación temporal-espacial y un grave trastorno del lenguaje. Después de la muerte de esta, el doctor Alzheimer estudió su cerebro, en el que encontró un número disminuido de neuronas en el córtex cerebral.

Así, lo que en aquel momento se pensó que era una enfermedad rara, se demostró con el tiempo que era la causa más frecuente de demencia. Aunque no es extraño ver sus síntomas en personas de 50, 40 o incluso de menor edad, indudablemente las enfermedades mentales afectan en mayor medida a las personas ancianas.

Según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en enero de 2008 había 5.786.088 personas de más de 70 años en España. Se estima que en la próxima década se producirá un incremento del 19,2% en el grupo de edad de mayores de 64 años. Esto supondrá añadir casi un millón y medio de personas ancianas a la población.

Este notable aumento de la esperanza de vida en los autodenominados "países desarrollados" es consecuencia directa del crecimiento económico. Cada vez hay más personas mayores y por tanto se multiplican también las enfermedades relacionadas con la vejez, como la demencia. Paralelamente, cada vez más personas se convierten en “cuidadoras” de seres humanos afectados por enfermedades ligadas a la longevidad.

Este incremento de enfermos/as supone un problema añadido en una sociedad en la que el modelo tradicional de familia se está desmoronando. Antiguamente, el varón era el que sustentaba económicamente al núcleo familiar, mientras que la mujer se encargaba del hogar y del cuidado de hijos/as, abuelos y abuelas. Factores como la incorporación de la mujer al mundo laboral, el aumento del número de divorcios y de familias reconstituidas o la proliferación de familias monoparentales, dificulta, en muchos casos, que el enfermo/a pueda ser atendido/a en el seno de su familia de forma personalizada.

Aun en el caso de que el cuidado de la persona dependiente en el ámbito familiar sea factible, implica una serie de consecuencias negativas, tanto a nivel personal como social, para los/as "cuidadores/as". Así, al importante coste económico que supone la atención de estas enfermedades y de las personas que las sufren, se une lo que se denomina como el "síndrome del cuidador/a". Los familiares cuidadores se ven absorbidos por la enfermedad del atendido. A diario tienen que enfrentarse a decisiones difíciles en cuanto a la salud y el bienestar de sus seres queridos y suelen experimentar numerosos sentimientos negativos como frustración, tristeza, culpa, enfado o sentido de pérdida por el deterioro de salud de su familiar.

Si tenemos en cuenta estos factores, el drama humano, el dolor y el desgaste personal y social que ocasionan estas enfermedades, tanto a los/as enfermos/as como a los "ciudadores/as" y añadimos las consideraciones económicas, nos damos cuenta de que nos enfrentamos a un problema social de enorme magnitud.

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