El 13 de mayo de 2021, en la calle Kenmure del barrio multicultural Pollokshields (Glasgow), una furgoneta del Servicio de Inmigración detuvo sin motivo aparente a dos vecinos de origen asiático. Al poco, la noticia se difundió y más de 2.000 personas salieron a la calle para impedir que el vehículo se los llevara. Bloquearon la furgoneta durante horas y un activista llegó a tumbarse bajo ella. La presión fue tal que la policía escocesa ordenó la liberación de ambos. La escena, con cánticos de “son nuestros vecinos”, se convirtió en símbolo de resistencia comunitaria frente a la política migratoria británica.

Este episodio no fue aislado, sino parte de una tradición de movilizaciones sociales contra las deportaciones en Glasgow. En 2005, las llamadas “chicas de Glasgow” lograron frenar la deportación de una compañera de clase kosovar y de otros solicitantes de asilo, obligando al Gobierno a rectificar. Años antes, en 2001, la ocupación comunitaria de unos baños públicos en Govanhill ya había demostrado la capacidad del barrio para organizarse y resistir desde la desobediencia civil. Esa memoria colectiva volvió a activarse en Kenmure Street: vecinas y vecinos salieron a la calle, se plantaron y dijeron no.

También en Euskadi se han dado respuestas comunitarias similares. En Bilbao, el barrio de San Francisco ha denunciado reiteradamente redadas policiales y ha tejido redes vecinales para acompañar a personas migrantes. En la frontera del Bidasoa, lo ha hecho la Red Irungo Harrera. En Vitoria, la iniciativa ciudadana Gora Gasteiz movilizó en 2015 a miles de personas contra los discursos políticos xenófobos, reivindicando una ciudad diversa.