Película: L'Intérêt d'Adam

A veces, cuando una niña o niño cruza la puerta de un hospital, a la consulta pediátrica no llega solo una enfermedad, sino también una historia familiar y social que puede obligar a los equipos médicos y de enfermería a mirar más allá de la medicina. Y es que en la infancia (como en el resto de las etapas vitales) la salud rara vez depende únicamente de un diagnóstico. También la condicionan la educación, la situación económica de la familia, el origen o el bienestar emocional.

Las niñas y niños que crecen en contextos vulnerables presentan con más frecuencia hábitos poco saludables y tienen más riesgo de desarrollar peor salud física y mental. Diversos estudios señalan, además, que la exposición continuada a situaciones de estrés −como la violencia de género, el acoso escolar o el divorcio de sus progenitores− puede afectar a su desarrollo físico, mental y emocional, e interferir en procesos clave como el aprendizaje o la memoria.

Esta evidencia está cambiando la manera de entender la práctica clínica y los cuidados. Cada vez con más frecuencia, las y los profesionales sanitarios deben ir más allá de un enfoque meramente biologicista y ofrecer una atención más holística, que atienda también los determinantes sociales, medioambientales y emocionales de la salud.

En esa línea, el Pacto de Salud de Euskadi, hoja de ruta que las instituciones vascas han adoptado para garantizar una atención de calidad en Euskadi y transformar el sistema sanitario, apuesta por reforzar la coordinación entre sanidad y servicios sociales. Asimismo, propone integrar la salud humana, animal y ambiental en la planificación sanitaria y promover la salud comunitaria.