Película: Made in EU

Hasta mediados del siglo XX, la industria textil, uno de los motores de la economía mundial, se localizaba en los países ricos del norte global. A partir de la Segunda Guerra Mundial esta industria empezó a deslocalizarse hacia países periféricos, como consecuencia del abaratamiento del transporte y del desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación. El objetivo, beneficiarse de los costes de fabricación menores especialmente en Asia, Centroamérica y, tras caer el Muro de Berlín, Europa del Este, donde diversas legislaciones laborales y medioambientales eran y son mucho más permisivas.

Tanto es así que la ropa que compramos y que firman marcas conocidas, algunas de ellas españolas, se confecciona a muchos kilómetros de aquí, y en condiciones laborales que vulneran los derechos humanos. Las largas cadenas de suministros, la falta de regulación y la subcontratación masiva facilitan estas vulneraciones.

Tras la marca Made in European Union se esconden, por ejemplo, cientos de “maquilas” ubicadas en Europa Oriental y del sur, en las que se emplea mano de obra cualificada y con experiencia a cambio de salarios miserables. Solo en la UE, el sector textil emplea cerca de 1,3 millones de personas, de las que casi el 80% son mujeres, que sufren innumerables violencias: salarios de miseria, ausencia de bajas por enfermedad o maternidad, jornadas semanales imposibles o violencia física y sexual.

En Euskadi, según Eustat, el gasto medio en artículos de vestir por persona ronda 614€ al año, alrededor de 20 kg de ropa y unos 15 kg de deshechos por persona: un consumo y un impacto ambiental que forman parte de estas mismas cadenas globales de producción.