Película: Prometido el cielo
© Maneki Films & Henia Production

Mientras algunos discursos políticos populistas hablan de “avalancha” de personas refugiadas que llegan a Europa, en realidad esa avalancha no es tal. De los 123 millones de personas forzadas a abandonar su hogar en el mundo por guerras, persecución o violencia, la mayoría no llega aquí: alrededor del 73% permanece en sus países vecinos o en estados de renta baja, lo que muchas ONG sitúan en el llamado Sur global.

Es el caso de muchas personas refugiadas que huyen de Costa de Marfil, Mali y otros países de África Occidental y se establecen en Túnez (según ACNUR, más de 16.000 registradas en 2024). De hecho, Túnez se ha convertido en una pieza clave de la estrategia europea para contener la migración. El acuerdo firmado en 2023 entre la UE y el Gobierno tunecino llevó a este a endurecer el control de sus fronteras a cambio de cuantiosas ayudas económicas. Ello se tradujo en mayor represión, ataques racistas y vulneraciones de derechos humanos contra su población subsahariana que siguen produciéndose.

En ese contexto, las mujeres migrantes y refugiadas, en Túnez y en el resto de los países a los que se desplazan, cargan con una violencia añadida por el hecho de ser mujeres, expuestas a precariedad, explotación laboral o agresiones sexuales. Frente a ello, su respuesta surge desde abajo: redes informales de apoyo, viviendas compartidas o asociaciones organizadas por ellas mismas.

También en Euskadi esta sororidad funciona como refugio. Según la Guía de asociaciones de mujeres de Emakunde, hoy existen más de un centenar de asociaciones impulsadas por mujeres migradas en el territorio, espacios donde el apoyo mutuo se convierte en una forma de resistencia.