Las masacres cometidas por estudiantes perturbados en centros educativos de Canadá, Estados Unidos y en algunos países de Europa (Finlandia, Alemania, Gran Bretaña…), se han recrudecido durante estos últimos diez años. Además de provocar numerosos asesinatos, que en algunos casos han sido selectivos y en otros indiscriminados, estos hechos implican una serie de consecuencias físicas y psicológicas en los/las supervivientes de esas matanzas.
Las personas que han sobrevivido a esos atentados sufren estados depresivos y además, en muchos casos, se sienten culpables por haber sobrevivido a la tragedia. Algunos/as deciden cambiar de centro escolar, y los/as que regresan al mismo instituto donde se cometió la masacre deben enfrentarse a un escenario que les recuerda lo que pasó ese fatídico día.